En el convulso pero muy creativo período de entreguerras, el astrónomo belga George Lemaître empezó a teorizar en 1927 sobre la posibilidad de que el universo hubiera tenido un principio. Un primer momento en el que todo estuviera comprimido en un pequeñísimo punto, "el átomo primordial", como se conocería más tarde.

Y cuando este punto empezó a expandirse surgieron el tiempo y el espacio. Lemaître era astrónomo, físico y sacerdote. Antes, en 1922, el ruso Alexander Friedmann ya había demostrado que la idea de Einstein de que el cosmos era estático no se sostenía: según sus datos se estaba expandiendo. En 1929, Edwin Hubble realizó observaciones que sirvieron de fundamento para comprobar la teoría de Lemaître

Un par de décadas después, el físico ruso George Gamow y sus colaboradores estadounidenses le dieron forma matemática a la nueva teoría científica. Calcularon cuando surgió la primera luz, la temperatura de las primeras fases y los elementos que se formaron. Gamow lo denominó "Teoría del desequilibrio de la formación de núcleos", nombre que no tuvo gran aceptación.

La expresión "Big Bang" la acuñó un acérrimo crítico de esta teoría, el astrofísico inglés Fred Hoyle cuando, en 1949, lo invitaron a la BBC para dar su opinión. A modo de burla, dijo que el modelo que sus colegas proponían no era más que una gran explosión, un big bang y lo repitió varias veces para aumentar su efecto. Y lo tuvo.

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