En la mitología griega, las sirenas fueron criaturas tan bellas como peligrosas, mostradas como mujeres fatales que atraían a los marineros cercanos con su música y voces encantadoras para naufragar los barcos en la costa rocosas de su isla.

Originalmente, en la Antigüedad clásica, se las representaba como seres híbridos con rostro o torso de mujer y cuerpo de ave (similares al Ba de la mitología egipcia) que habitaban en una isla rocosa; a partir de la Edad Media adquirieron apariencia pisciforme: hermosas mujeres con cola de pez en lugar de piernas que moraban en las profundidades.

Debido a esa doble forma con que se han presentado a lo largo de la historia, muchas lenguas no latinas distinguen la sirena clásica mujer-ave (inglés siren, alemán Sirene) de la sirena con cola de pez (inglés mermaid, alemán Meerjungfrau).

Los poetas romanos los situaron en las pequeñas islas llamadas Sirenum scopuli. Poco después, en tradiciones racionalizadas, se fija la geografía literal de la isla «florida» de Antimusa: a veces en la Punta del Faro en Sicilia y otras en las islas conocidas como le sirenuse (o de Li Galli), cerca de Paestum y Capri. Todos estos lugares estaban rodeados por acantilados y rocas.

Las sirenas han sido un tema popular en el arte y la literatura en los últimos siglos, como en la conocida historia de Hans Christian Andersen «La sirenita» (1836). Por ello han sido mostradas en óperas, pinturas, libros, películas y cómics.

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