El emperador Adriano (76 c.c.-138 c.c.) fue el primer gobernante de Roma para llevar barba, más bien gruesa y rizado, como podemos ver en los numerosos bustos que aún podemos admirar.

Hacia 110/111 se trasladó a Grecia; en Atenas conoció al filósofo estoico Epicteto, con quien le unirá en adelante una gran amistad. El contacto directo con la cultura helena causó en él una enorme impresión; de hecho, es probable que fuera en esa época cuando adquirió la costumbre de no afeitarse la barba, un hecho inusual entre los nobles romanos, aunque frecuente entre los griegos.

Con la excepción de Nerón, otro amante de la cultura helena, todos sus antecesores se habían afeitado cuidadosamente. No obstante, a su muerte muchos emperadores se dejaron barba; sin embargo, este hecho no simbolizaba la implantación de una tendencia filohelenística, sino que durante su reinado estas se habían puesto de moda.

Sus aficiones le definen como un humanista helenófilo: era considerado —como muchos nobles de su tiempo, tales como Cayo Brutio Presente— un epicúreo; además favoreció la expansión de las doctrinas de Epicteto, Heliodoro y Favorino. Se ocupó de atender las necesidades sociales mediante la redacción de un ordenamiento legal en virtud del cual, aunque no se abolía la esclavitud, se normalizaba la situación del esclavo y se condenaba la tortura. Edificó bibliotecas, acueductos, termas, y teatros. A causa de todo ello, la historia le contempla como un soberano sabio e íntegro.

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