El químico alemán Martín Klaproth, que en 1789 trabajaba sobre muestras de pechblenda en las minas de plata, aisló un óxido de uranio. Reconoció que había un elemento nuevo, pero no fue capaz de aislarlo. Lo llamó así en el honor del planeta Urano que acababa de ser descubierto en 1781. Durante casi cien años la única aplicación que se le dio fue como colorante en esmaltes cerámicos y como tinte para fotografía.

Recién en 1841, el químico francés Eugene Melchior Peligot fue el primero en lograr aislarlo y en 1896, el francés Henri Becquerel descubrió que el uranio físico era radiactivo. Fue el primer elemento radiactivo descubierto por el hombre.

Al colocar sales de uranio sobre una placa fotográfica, la placa se ennegrecía a causa de la radiación emitida por las sales de uranio. La radiación atravesaba papeles negros y sustancias opacas. Fue su estudiante doctoral Marie Curie la que llamó a esta propiedad "radioactividad", utilizando el prefijo "radio" de la palabra griega que denomina el rayo o el haz de luz.

La inestabilidad del átomo de uranio es la fuente de un misterioso poder. El uranio, con 92 protones, es el elemento de mayor peso atómico de los que se encuentran en la naturaleza, y su núcleo sobredimensionado puede descomponerse.

En 1930 científicos descubrieron que bombardeando el átomo de uranio con neutrones, se puede dividir en dos liberando enormes cantidades de energía. La fisión, así conocida, dio paso a la bomba atómica y las plantas nucleares.

Más información: www.ecured.cu