Un carracio (carroccio) era un altar de guerra de cuatro ruedas tirado por bueyes, con un gran asta de pica rematada en un pomo de metal en la que ondeaba un vexillum, con una cruz campeando en el centro, utilizado por las ciudades-estado italianas.

Era una plataforma rectangular sobre la que se erigía el estandarte de la ciudad y un altar; los sacerdotes celebraban la misa en el altar antes de la batalla y unos trompetistas a su lado animaban a los combatientes a la lucha.

Durante la batalla estaba rodeado por los guerreros más valientes del ejército como guardia del carro, y servía como punto de reunión y como paladio del honor de la ciudad; su captura por parte del enemigo estaba considerada como una derrota y humillación irrecuperables.

Fue empleado por primera vez por los milaneses en 1038 y desempeñó un gran papel en las guerras de la Liga Lombarda contra el emperador Federico I Barbarroja.

Un relato afirma que apareció por primera vez en Milán en 1039, cuando el arzobispo Heriberto instó a los milaneses a construir uno.

Relatos sobre el carracio se encuentran en la mayoría de las historias de las ciudades-estado italianas.

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