Luego de las derrotas de Iwo Jima y Okinawa el 21 de junio de 1945, la situación del Japón era irreversible. Los japoneses estaban seguros que la invasión aliada sería el siguiente paso. La población sólo esperaba que se sucedieran los acontecimientos, preparándose para resistir hasta la muerte.

La rendición de Alemania disipó las esperanzas de que alguna arma maravillosa que el ingenio alemán inventase, pudiera revertir el rumbo de la guerra. El 14 de agosto de 1945, tras los mortíferos ataques atómicos, Japón se vio obligado a rendirse.

El 2 de septiembre, a bordo del acorazado USS Missouri, anclado en la bahía de Tokio junto con otros barcos de la 3ª Flota, el Ministro de Relaciones Exteriores del Japón en nombre del Emperador, del Gobierno Imperial y de Cuartel General Imperial, firmó los protocolos de rendición. El general Douglas MacArthur firmó la aceptación como Supremo Comandante de las potencias aliadas. El almirante de la flota, Chester Nimitz, añadió su firma como representante de los Estados Unidos. Siguieron las de los representantes del Reino Unido, China, la Unión Soviética, Australia, Canadá, Francia, Países Bajos y Nueva Zelanda.

Inmediatamente el General MacArthur, nombrado por Truman Supremo Comandante Aliado en Japón y a partir de ese momento Gobernador de Japón, trasladó su Cuartel General a Tokio, para dirigir la ocupación y decidir el destino del pueblo japonés. La Segunda Guerra Mundial había llegado a su fin.

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