Dentro de El conde de Montecristo, la obra maestra de Alejandro Dumas, el personaje que más tristeza transmite no es Edmundo Dantés, muy a pesar de sus trece años en prisión, sino Mercedes, su prometida de la juventud, la mujer a la que amó toda su vida.

Mercedes es de ascendencia española y vive en su juventud en una comunidad de Marsella conocida como Los Catalanes. Está comprometida con Edmundo Dantés, un joven y valiente marinero de muy noble corazón. Aprecia a su primo Fernando Mondego, y por ello soporta sus constantes declaraciones de amor.

Mercedes acude la noche previa al duelo a casa del conde y le revela que sabe quién es. También le pide por la vida de su hijo. Cuando se queda solo, Montecristo se reprocha el no haber podido dejar de amarla. Mercedes entonces cuenta toda la historia a su hijo, y Alberto en un acto de nobleza y de sensatez suspende el duelo.

Cuando queda viuda, Mercedes le dice a su hijo que no tiene que llevar el apellido deshonrado de su padre. Entonces le propone usar el suyo y nos enteramos de que se apellida Herrera.

Vuelve a ver a Montecristo e incluso él la ayuda económicamente. Pero de su amor, a pesar de que aún se aman, ninguno habla. Quedan como dos buenos amigos. Aunque en la última película basada en la novela, adaptada al público contemporáneo, no sólo reanudan su relación sino que se revela que Alberto no es hijo de Fernando pero sí de Montecristo. Qué manía tienen en el cine de descomponer a los clásicos.

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