El oído interno o laberinto (esta denominación proviene de la extraordinaria complejidad morfológica de las cavidades que lo forman) se localiza dentro del hueso temporal (porción petrosa) y se subdivide morfológicamente en laberinto óseo y laberinto membranoso, que contiene la endolinfa. El laberinto óseo recubre al membranoso y entre ambos circula la perilinfa.

La endolinfa tiene consistencia viscosa y su composición iónica es parecida a la del líquido intracelular, es rica en potasio y pobre en sodio, la perilinfa tiene una composición parecida a la del líquido extracelular es pobre en potasio y rica en sodio.

El laberinto óseo está formado por una cámara central, el vestíbulo, los tres canales semicirculares y la cóclea o caracol. La cóclea contiene el órgano sensorial del oído; el vestíbulo y los canales semicirculares contienen los cinco órganos sensoriales para el equilibrio: dos en el vestíbulo, uno en cada uno de estos engrosamientos en los canales, las ampollas.

Dentro de las paredes que protegen el laberinto óseo, los órganos sensoriales están contenidos dentro de un complejo conjunto de estructuras membranosas delicadas, que son las conocidas colectivamente como el laberinto membranoso.

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